El pequeño Hans
El pequeño Hans
Sigmund Freud
El pequeño
Hans
Historia de una fobia y de una idea
Wien · 1909
Historia de una fobia y de una idea

El pequeño HansUn caballo, un niño de cinco años y el pensamiento de Sigmund Freud

Analyse der Phobie eines fünfjährigen Knaben
Viena · 1908 — 1922
Relato, comentario y cronología
Advertencia al lector

Este librito cuenta, en el orden en que ocurrió, la fobia a los caballos que padeció un niño vienés en la primavera de 1908, y explica cómo la leyó Freud.

Entre sus páginas encontrará glosas: fichas escritas a máquina con cinta violeta. Cada una lleva un sello con un año y señala en qué punto del pensamiento freudiano se apoya, o hacia dónde lo empujará, lo que se acaba de leer.

Los sellos tienen tres tintas: verde oliva para las ideas anteriores al caso (1895–1908), violeta para lo que nace en el caso mismo (1909) y carmín para las revisiones posteriores (1910–1937).

El botón Glosas, arriba a la derecha, las muestra u oculta; el texto se vuelve a componer solo.

Antes de empezarPersonas del relato

HansHerbert Graf, nacido en Viena en abril de 1903. Freud le dio un nombre de cuento; el niño lo conservó en la historia del psicoanálisis.
El padreMax Graf, crítico y musicólogo, asistente a las reuniones de los miércoles en casa de Freud. Anota todo y es, de hecho, quien conduce el tratamiento.
La madreJoven, bella y tierna en exceso, según el padre. Había sido paciente de Freud antes de casarse.
HannaLa hermanita, nacida en octubre de 1906. Su llegada lo cambia todo.
El ProfesorSigmund Freud, de 51 años. Ve al niño una sola vez durante la enfermedad.
GmundenEl lugar de veraneo junto al lago Traun. Allí están Mariedl, Berta, Olga, Fritzl y Franzl, los hijos del dueño de casa, y el cochero Loisl.
LizziUna vecinita de Gmunden que un día se fue de viaje en un carruaje tirado por un caballo blanco.
GreteUna niñita de Gmunden con quien Hans conversa en fantasía; luego, el nombre de una muñeca.
LodiLa hija imaginaria preferida de Hans. Su nombre esconde un secreto.
El caballoProtagonista involuntario. Vive en las calles de Viena, tira de diligencias, carros de mudanza y carros carboneros, y a veces se cae.

Cronología del caso

1903Abril: nace Hans.
1906A los tres años, primeras notas del padre. Verano en Gmunden. La madre lo amenaza con «cortarle el hace-pipí». Octubre: nace Hanna.
1907Primer sueño contado. Mudanza a una vivienda frente a la Aduana. Segundo verano en Gmunden: la advertencia sobre el caballo blanco que muerde.
1908Enero: ve caer a un caballo de diligencia; estalla la fobia. 30 de marzo: visita al Profesor. Mayo: la fobia se disuelve.
1909Freud publica el caso en el primer número del Jahrbuch, «comunicado» por él.
1922Un joven de diecinueve años se presenta en el consultorio: «Yo soy el pequeño Hans».
Libro primero
El pequeño investigador
1906 – 1907. Lo que el padre anotó antes de que hubiera nada que curar.

Capítulo IEl hace-pipí y el orden del mundo

Hacia 1906 Freud llevaba años pidiendo a sus discípulos y amigos lo mismo: que observaran a sus propios hijos y le trajeran noticias de su vida sexual. No era un capricho. En 1905 había publicado los Tres ensayos de teoría sexual, donde afirmaba que la sexualidad no empieza en la pubertad sino en la cuna. Pero esa afirmación la había construido a la inversa, excavando en los recuerdos de pacientes adultos. Le faltaba lo que un arqueólogo llamaría un hallazgo in situ: ver en el niño, todavía fresco, aquello que en el adulto había que desenterrar con tanto trabajo.

Max Graf y su mujer eran de los partidarios más cercanos. Habían decidido educar a su primer hijo con la menor coerción posible, sin amenazas ni sustos, y el chico crecía alegre, despierto y franco. El padre empezó a tomar notas cuando Hans aún no tenía tres años. Esas notas son el primer documento de este libro.

Lo primero que salta a la vista es una palabra. Hans llama a su miembro Wiwimacher, «hace-pipí», y le interesa muchísimo. Le pregunta a la madre si ella también tiene uno. En un establo ve ordeñar una vaca y exclama que del hace-pipí sale leche. En el zoológico de Schönbrunn anuncia, feliz, que ha visto el del león. En la estación ve una locomotora largando agua y quiere saber dónde tiene el suyo.

Y entonces, pensativo, Hans formula su primera teoría: un perro y un caballo tienen hace-pipí; una mesa y un sillón, no. Con ese criterio ha separado lo vivo de lo inanimado. Para un niño de tres años y medio es una conquista conceptual de primer orden, y Freud la celebra como tal.

El inconveniente es que la teoría obliga a pensar que la madre también tiene uno. Hans se lo pregunta al padre y a la madre, los espía cuando se desvisten, y la madre le asegura que sí, naturalmente. El niño agrega algo que conviene retener: había imaginado que, siendo ella tan grande, tendría uno como el de un caballo.

Freud subraya la frase. Más adelante cobrará un peso que ni el padre ni el niño pueden adivinar todavía.

Una amenaza sin efecto aparente

El interés no es solo teórico. A los tres años y medio la madre lo sorprende con la mano en el pene y lo amenaza: si sigue, llamará al doctor A. para que se lo corte, y entonces ¿con qué hará pipí? Hans, sin la menor culpa, responde que con la cola.

La escena parece intrascendente. Freud, en cambio, la marca como el momento en que el niño adquiere el complejo de castración, ese que en los adultos neuróticos solo se puede inferir y que todos se resisten a admitir. Aquí, por una vez, los padres mismos lo dejaron registrado, mucho antes de que hubiera síntoma alguno.

Freud defiende a Hans, además, de quienes lo vieran como un niño corrompido por su precocidad. Lo compara, con sorna, con un filósofo de la escuela de Wundt: así como para el niño todo lo vivo tiene hace-pipí, para ese filósofo todo lo psíquico es consciente; y cuando se topa con procesos que no lo son, prefiere llamarlos «oscuramente conscientes» antes que abandonar su tesis. Es el mismo razonamiento de Hans ante la hermanita: el hace-pipí está, solo que es todavía muy chico.

Capítulo IILa cigüeña y la hermanita

El gran acontecimiento de esta prehistoria ocurre en octubre de 1906, cuando Hans tiene exactamente tres años y medio. A las cinco de la mañana empieza el parto; la cama del niño es llevada a la habitación contigua. A las siete despierta, oye gemir a la madre y pregunta por qué tose mamá. Después de una pausa, concluye que seguramente hoy viene la cigüeña.

El resto de la mañana es un ejercicio de detective. Ve la maleta del médico en el vestíbulo y pregunta qué es. Oye a la partera pedir un té y deduce que se lo dan a mamá porque tose. Cuando por fin lo hacen pasar al dormitorio, no mira a la madre sino a los recipientes con agua ensangrentada, y observa, extrañado, que de su hace-pipí no sale sangre.

El padre lo resume con exactitud: el niño enlaza todo lo insólito con la llegada de la cigüeña, pero lo mira todo con un gesto tenso y desconfiado. Ese día nace, también, su primera duda sobre el cuento que le han contado.

Los celos son inmediatos. Cuando alguien elogia a la recién nacida, Hans señala con burla que todavía no tiene dientes. A los pocos días cae con una angina, y en la fiebre se le oye decir que él no quiere ninguna hermanita. Medio año después los celos parecen superados: se ha vuelto un hermano tierno y muy consciente de su superioridad.

Una semana después del nacimiento, Hans asiste al baño de Hanna. Mira y comenta que su hace-pipí es todavía chico; enseguida añade, como consuelo, que ya le crecerá. La escena se repite meses más tarde con una muñeca: la desviste, la examina y decide que también tiene uno, muy chiquito.

¿Por qué no ve lo que tiene delante? Porque ha llegado a su regla general por inducción cuidadosa, y la madre se la ha confirmado. Una sola observación contraria no alcanza para derribarla. El niño no miente: ajusta lo que ve a lo que ya sabe, como hacen tantos adultos.

En esa misma época cuenta su primer sueño: que estaba en Gmunden con Mariedl, la hija de trece años del dueño de casa. Cuando el padre lo repite ante la madre, Hans corrige: no con Mariedl, sino totalmente solo con Mariedl. Tiene tres años y nueve meses y ya sabe lo que quiere de un sueño.

De regreso en Viena, el padre nota que Hans juega durante horas con compañeros imaginarios de Gmunden, Berta, Olga y Fritzl, y que llama a las niñas «sus hijas». A veces aclara que también a ellas las trajo la cigüeña. Freud anota al margen que, al proclamarlo en voz alta, el niño contradice una duda que guarda por dentro.

Capítulo IIIAmores de verano

Sería injusto, advierte Freud, mirar solo los rasgos autoeróticos de Hans. El padre tiene mucho para contar sobre sus amores, y en ellos aparece algo muy parecido a la elección de objeto del adulto, aunque con una movilidad notable y una franca inclinación polígama.

En la pista de patinaje se enamora de dos niñas de diez años que lo miran con desprecio; él las llama «mis niñitas» y durante semanas pregunta cuándo volverá a verlas. Abraza a un primo de cinco años y le dice que lo quiere mucho. Desde la ventana de la cocina de la nueva vivienda descubre a una niña de siete u ocho años en el departamento de enfrente y la espera, cada tarde a las cuatro, sentado en el escalón del balcón.

El segundo verano en Gmunden, con cuatro años y algunos meses, es una fiesta. Hay niños por todas partes. Su preferido es Fritzl, a quien abraza y declara su amor; preguntado por cuál de las nenas le gusta más, responde: Fritzl. Con las niñas es conquistador y besucón. Una noche pide que Mariedl duerma con él, y ante la negativa toma su ropa y se dirige a la escalera para irse a dormir con ella. Lo detienen, desde luego.

En la hostería donde almuerzan aparece una niña de unos ocho años, «una dama cultivada» a diferencia de las de la aldea, y Hans se transforma: gira el cuello para mirarla, se ruboriza si lo descubren y no duerme la siesta de pura expectativa cuando el padre arregla que venga a jugar. Llueve, la visita se suspende y Hans se consuela con Berta y Olga.

«¡Pero es lindo!»

Una mañana de ese verano, la madre lo baña y lo seca, y al entalcarlo evita con cuidado tocarle el pene. Hans pregunta por qué no pasa el dedo ahí. Ella responde que es una porquería, que es indecente. Y él, riendo, contesta que igual es lindo.

Freud llama a esto, sin rodeos, un intento de seducción, y lo registra junto con otro que vendrá meses después. Conviene notar la inversión: diez años antes Freud había creído que la neurosis nacía de seducciones reales cometidas por adultos sobre niños. Aquí es el niño quien seduce.

Por la misma época Hans cuenta un sueño que, por primera vez, llega desfigurado. Soñó, dice, que alguien preguntaba quién quería ir con él, otro respondía «yo», y entonces tenía que hacerlo hacer pipí. El padre lo descifra: es el juego de prendas que jugaba con Berta y Olga, solo que en lugar de los besos o las bofetadas de rigor, la penitencia consiste en ayudarlo a orinar. Cuando el niño vuelve a contarlo, ese «alguien» se convierte en «ella».

A la vez, Hans empieza a pedir que lo lleven detrás de la casa para que nadie lo vea hacer pipí, y recuerda que el año anterior Berta y Olga lo miraban. El padre extrae una conclusión precisa: el placer de exhibirse ha sucumbido a la represión, y por eso el deseo reaparece en el sueño disfrazado de juego.

La última nota de esta prehistoria es casi una broma. De vuelta en Viena, Hans mira el baño de Hanna y se ríe. Explica que el hace-pipí de su hermana es muy bonito. Freud no le cree: se ríe porque le parece cómico. Pero es la primera vez que el niño admite, en lugar de negarla, la diferencia entre los dos sexos.

Hasta aquí, Hans es un niño sano. Curioso, enamoradizo, celoso de su hermana, inventor de teorías. Todo lo que hará el análisis posterior consistirá en mostrar que la enfermedad está hecha de estos mismos materiales.

Libro segundo
El caballo
Enero – mayo de 1908. La enfermedad y su análisis, contados semana a semana con las cartas del padre.

Capítulo IVEstalla la angustia

A comienzos de 1908 llega a la Berggasse una carta distinta de las anteriores. El padre escribe que esta vez no manda observaciones sino materiales para un historial clínico: al niño se le ha desarrollado una perturbación nerviosa y ni él ni su mujer saben cómo eliminarla. Arriesga una explicación, una sobreexcitación sexual por la ternura de la madre, y una pista: el miedo a que un caballo lo muerda en la calle parece tener que ver con que lo asusta un pene grande.

Freud responde con una lección de método que vale para todo el libro. No adopta la preocupación del padre ni sus primeras hipótesis. Primero hay que mirar el material. La tarea no es comprender enseguida, sino suspender el juicio y prestar una atención pareja a todo lo que hay para observar.

La cronología, reconstruida por el padre, es esta. Una mañana de principios de enero Hans aparece llorando. Cuenta que, dormido, pensó que la madre se había ido y él no tenía ninguna mami para hacer «cumplidos», su palabra para las caricias. Es un sueño de angustia. El padre recuerda que ya en el verano el chico se iba a la cama melancólico, diciendo cosas como «si yo no tuviera mami», y que la madre, en esos casos, lo llevaba a su cama.

Unos días antes, Hans le había contado a la madre que una tía, al verlo bañarse, había elogiado su pichilín. El 7 de enero sale con la niñera al Stadtpark, rompe a llorar en la calle y pide volver a casa para hacer cumplidos con mamá. Al anochecer tiene angustia visible y no se lo puede separar de ella.

El 8 de enero la madre misma lo lleva a Schönbrunn. Otra vez llora, no quiere seguir, tiene miedo. Al volver, tras mucha resistencia, confiesa: tuvo miedo de que un caballo lo mordiera. Esa noche, llorando, dice que sabe que mañana lo sacarán de paseo de nuevo, y agrega algo extraño: que el caballo entrará en la pieza.

Ese mismo día la madre le pregunta si se toca el hace-pipí. Hans responde que sí, todas las noches, en la cama.

Angustia antes que miedo

Freud se detiene aquí más que en ningún otro punto, porque el comienzo de una neurosis casi siempre se olvida o se calla, y nunca es tan transparente como en este caso. Su lectura tiene tres pasos.

Primero: lo que aparece antes de todo no es el miedo a los caballos, sino una ternura enormemente acrecentada hacia la madre que de pronto se vuelca en angustia. Dicho en su lenguaje, esa ternura sucumbe a la represión. Por qué ocurre todavía no se sabe; acaso por la sola intensidad de la moción, que el niño no puede dominar, acaso por fuerzas aún desconocidas.

Segundo: esa angustia carece al principio de objeto. Es todavía angustia y no miedo. Cuando Hans, en el primer paseo, no puede decir de qué tiene miedo, es porque no lo sabe. Dice lo único que sabe: que en la calle le falta la madre.

Tercero: la angustia no es lo mismo que la añoranza. La añoranza se calma si se le da el objeto que pide; la angustia, no. En el segundo paseo la madre está con él y aun así tiene miedo. Algo retiene a la libido en la represión. Y una angustia que ya no se puede cancelar dándole su objeto necesita encontrar otro. Ese otro será el caballo.

Freud previene también contra dos atajos. El primero es despreciar la ocurrencia del caballo que entra en la pieza como una tontería de niño: la neurosis, como el sueño, no dice tonterías, y se insulta lo que no se comprende. El segundo es el del médico práctico, que al oír lo de la masturbación cree tener la explicación completa. Pero la satisfacción no produce angustia; si algo, la explica peor. Además Hans se masturba desde hace un año, y justamente ahora lucha por dejar de hacerlo, lo que encaja mejor con la represión.

Y defiende a la madre, a quien el padre culpa por su ternura excesiva y por recibir tan a menudo al niño en su cama. Igual podría culpársela de lo contrario, de haber precipitado la represión rechazándolo con aquello de que era una porquería. Ella desempeña un papel fijado por el destino, y está en una situación difícil.

Capítulo VLas primeras maniobras

Freud y el padre acuerdan un plan en dos tiempos. Primero, decirle al niño que lo de los caballos es una tontería y que la verdad es que quiere muchísimo a su madre y querría estar en su cama; que tiene miedo de los caballos porque se interesó demasiado en su hace-pipí. Segundo, esclarecerlo: en el momento oportuno, a partir de alguna pregunta suya, contarle que la madre, Hanna y todas las mujeres no tienen hace-pipí.

La lógica de la segunda parte es fina. Si la libido de Hans está prendida del deseo de ver el hace-pipí de la madre, quitarle esa meta debería aflojarla.

Hay un mes de calma relativa. El miedo a los caballos se convierte en una compulsión a mirarlos: Hans dice que tiene que verlos y entonces le da miedo. Después una gripe lo tiene dos semanas en cama, luego le operan las amígdalas, y la fobia vuelve con más fuerza. Ya solo sale al balcón.

El domingo 1 de marzo, camino de la estación, el padre le repite que los caballos no muerden. Hans lo corrige: los blancos sí. En Gmunden hay uno blanco que muerde si uno le acerca los dedos. Y cuenta la historia: cuando Lizzi, una vecinita, tuvo que partir de viaje, vino a buscar el equipaje un carruaje con un caballo blanco, y el padre de Lizzi le advirtió que no le pasara los dedos, que la mordería.

El padre nota que Hans dice «los dedos» y no «la mano», y le propone que lo que tiene en mente no es un caballo sino un hace-pipí, al que no hay que pasarle la mano. Hans objeta, con lógica impecable, que un hace-pipí no muerde.

Al día siguiente el padre intenta otra explicación: la tontería es tan intensa porque la enfermedad no lo dejó salir. Hans lo contradice: es tan intensa porque se sigue tocando todas las noches. Médico y paciente, padre e hijo, coinciden por ahora en culpar al onanismo.

Días después, cuando el padre le dice que si deja de tocarse la tontería se irá, Hans protesta que ya no se toca. «Pero tienes ganas», insiste el padre. Y el niño responde con una distinción que Freud celebra con dos signos de admiración: tener ganas no es hacer, y hacer no es tener ganas. Le prometen una bolsa de dormir para ayudarlo. Esa tarde deja pasar los carruajes con bastante calma.

La madre en camisa

El 15 de marzo, camino de Lainz, donde viven los abuelos, el padre aprovecha el buen ánimo del chico y le da el esclarecimiento prometido: las niñas y las señoras no tienen hace-pipí; ni mamá, ni Hanna. Hans pregunta, tras una pausa, cómo hacen pipí entonces. El padre le recuerda el baño de la hermana. El día termina contento.

Dos mañanas después Hans se levanta angustiado a las seis. Cuenta que se pasó un poquito el dedo por el hace-pipí, que entonces vio a mamá toda desnuda en camisa, que ella le dejaba ver el suyo, y que él se lo mostró a Grete, su amiga de Gmunden. Cuando el padre le hace notar que no se puede estar desnudo y en camisa a la vez, Hans aclara: la camisa era tan corta que se le veía.

No es un sueño sino una fantasía masturbatoria. Freud saca de ella dos cosas. La primera, que la vieja reprimenda de la madre surtió efecto. La fantasía es una justificación: si mamá lo muestra, yo también puedo. La segunda, que Hans no acepta el esclarecimiento. Lamenta que las mujeres no tengan hace-pipí, y en la fantasía se aferra a que sí lo tienen.

«Ya está crecido»

El 22 de marzo, en Schönbrunn, Hans tiene miedo de todos los animales grandes: no quiere ver la jirafa ni el elefante, y hasta el pelícano lo asusta. El padre le explica que en realidad teme al hace-pipí grande de los animales grandes. Hans asegura que nunca lo vio, lo cual es falso; Freud recuerda el león de Schönbrunn y anota que es probablemente un olvido incipiente producido por la represión. Pero el de los caballos sí, muchas veces, y en el establo de Gmunden todos los días.

El padre lo tranquiliza: los animales grandes tienen uno grande y los chicos uno chico. Hans redondea el consuelo a su modo: todos los hombres tienen hace-pipí, el suyo crecerá con él, y además ya está crecido.

Freud corrige aquí al padre. No es exacto que Hans tema al pene grande; antes lo buscaba con placer. Lo que lo angustia es la comparación: los animales grandes le recuerdan lo pequeño del suyo. Y ese «ya está crecido», dicho como desafío y consuelo, suena a respuesta a otra cosa: a la vieja amenaza de la madre. A los tres años y medio no le había hecho efecto. Ahora, un año y medio después, empieza a hacerlo.

El esclarecimiento, en suma, salió al revés. Decirle a Hans que existen seres vivos sin hace-pipí era decirle que no sería tan increíble perder el suyo, que lo convirtieran en mujer. Por eso lo rechazó y por eso no tuvo efecto terapéutico.

Capítulo VILas dos jirafas

En la noche del 27 al 28 de marzo, Hans se levanta a oscuras y se mete en la cama de los padres. Preguntado si tuvo miedo, dice que no, que mañana lo contará. Por la mañana, después de mucha renuencia, cuenta esto: en la habitación había una jirafa grande y una jirafa arrugada; la grande gritó porque él le quitó la arrugada; después dejó de gritar y él se sentó encima de la arrugada.

El padre, perplejo, pregunta cómo puede estar arrugada una jirafa. Hans toma un papel, lo hace un bollo y se lo muestra: así. Se sienta en el suelo para enseñar cómo se sentó encima. Aclara que no lo soñó, que lo pensó; que sabe perfectamente que no hay jirafas así en el mundo. Y cuando ve que el padre anota todo, pregunta por qué. Para mandárselo al Profesor, que puede quitarle la tontería. Entonces, deduce Hans, también le habrá escrito que mamá se sacó la camisa.

Cuando el padre le pide que diga rápido en qué piensa, Hans responde: en un jugo de frambuesas. ¿Y en qué más? En un fusil para disparar.

Ese mismo día el padre encuentra la solución, y es de las mejores interpretaciones del caso. La jirafa grande es él, o más bien su pene grande, el cuello largo; la arrugada es la madre, o su miembro, ahora sabido inexistente. Y la escena entera reproduce lo que pasa casi todas las mañanas: Hans viene temprano al dormitorio, la madre no resiste tomarlo un rato en su cama, el padre le advierte que mejor no, ella replica irritada que unos minutos no importan, y el niño se queda.

La grande grita porque le quitan la arrugada; después se calla, y el niño se sienta encima.

Freud agrega un solo matiz. «Sentarse encima» es la figuración de Hans para «tomar posesión»; en alemán, Besitz y draufsetzen son parientes. La fantasía es un desafío triunfal: grita todo lo que quieras, igual mamá me lleva a su cama, mamá me pertenece. Y detrás se adivina lo que el padre sospecha: el temor de no gustarle a la madre porque su hace-pipí no se compara con el del padre.

A la mañana siguiente, al despedirse en broma de su mujer llamándola «jirafa grande», el padre recibe la confirmación. Hans pregunta si Hanna es la jirafa arrugada. Acepta que las dos jirafas son papá y mamá. Lo del cuello como pene no lo confirma, y Freud no le pide más.

Dos pequeños delitos

El 30 de marzo Hans cuenta otras dos cosas «pensadas». En una, se colaba con el padre por debajo de la cuerda que cerraba el recinto de los carneros en Schönbrunn y un guardián los atrapaba. En la otra, viajaba con el padre en el tren, rompían una ventanilla y el guarda se los llevaba.

Freud las lee como continuación de las jirafas. El niño vislumbra que tomar posesión de la madre está prohibido; ha chocado con la barrera del incesto. No sabe qué es eso prohibido, pero lo figura con actos violentos: romper un vidrio, meterse en un recinto cerrado. Y en ambas fantasías el padre es cómplice y lo encierran con él. Hans sabe que el padre, de algún modo, hace eso enigmático con la madre.

Capítulo VIILa visita al Profesor

Esa misma tarde del 30 de marzo, padre e hijo se sientan frente a Freud en el consultorio. Es la única vez que el Profesor interviene en persona. Conocía al pequeño, le tenía simpatía y lo encontró, dice, un miembro enteramente razonable de la sociedad humana.

El padre informa que, a pesar de los esclarecimientos, el miedo no ha cedido. Freud se ve obligado a admitir que el nexo entre los caballos y la ternura hacia la madre es pobre. Hay detalles que no se explican con lo sabido: a Hans le molesta especialmente lo que los caballos llevan delante de los ojos y lo negro alrededor de la boca.

Y entonces, viéndolos a los dos sentados enfrente, se le hace la luz sobre algo que, comprensiblemente, al padre se le escapaba. Le pregunta a Hans, en broma, si sus caballos usan anteojos. No. ¿Y su papá? Tampoco, contra toda evidencia. ¿Lo negro de la boca será el bigote?

Freud le explica que tiene miedo de su padre justamente porque quiere tanto a su madre; que debe creer que el padre está enojado con él, pero que no es así: el padre lo quiere y puede contarle todo sin miedo. Y agrega, con ánimo de chanza, que mucho antes de que Hans naciera él ya sabía que llegaría un pequeño Hans que querría tanto a su madre que tendría miedo de su padre, y que se lo había contado al padre.

El padre interrumpe: ¿por qué crees que estoy enojado contigo? ¿Alguna vez te pegué? Y Hans lo corrige: sí, esta mañana. El padre recuerda entonces que el niño le había dado un cabezazo en la barriga y él, como por reflejo, le había respondido con la mano.

De regreso a casa, Hans pregunta al padre si el Profesor habla con Dios, ya que puede saberlo todo de antemano. Freud confiesa que se enorgullecería de esa frase si no la hubiera provocado él mismo con sus bravatas.

«¡Papi, no te trotes!»

A partir de la visita, los cambios son casi diarios. El 2 de abril Hans se queda una hora frente a la puerta de calle aunque pasan carruajes. El 3 se presenta en la cama del padre y le explica que, cuando no está con él, tiene miedo. Y le hace una objeción que Freud juzga de una claridad superior: ¿por qué le dijeron que quiere a mamá y por eso tiene miedo, si a quien quiere es a él, al padre?

El niño ha puesto el dedo en el conflicto: ama al padre y a la vez lo odia como rival ante la madre. Ahí, y no solo en el amor a la madre, está la fuente de la angustia. El padre recién empieza a convencerse de esa hostilidad que Freud le había anunciado.

Después del desayuno el padre se levanta de la mesa y Hans le pide que no se trote de él. Usa davonrennen, que se dice de los caballos, en lugar de davonlaufen. El padre le contesta que tiene miedo de que el caballo se le escape. Hans se ríe.

Freud nombra entonces la doble articulación de esta angustia: angustia ante el padre, que nace de la hostilidad; y angustia por el padre, que nace del conflicto entre esa hostilidad y una ternura exagerada por reacción. Hans teme que el padre le haga algo y teme que al padre le pase algo.

El propio padre, ya entrenado, encuentra la pieza siguiente. En Gmunden él viajaba a menudo a Viena por trabajo, y Hans quedaba solo con la madre: entonces él era el padre. El deseo reprimido de que el padre partiera de viaje se enganchó en el recuerdo de Lizzi, el carruaje y el caballo blanco que se la llevaba. Por eso nada le da más miedo que ver arrancar un carruaje. Y cuando Hans anuncia que no todos los caballos blancos muerden, el padre lo traduce: algunos ya han sido reconocidos como papá, y esos ya no muerden.

Capítulo VIIIEl caballo que se cae

Para entender lo que sigue hay que conocer la calle. La familia vive en la Untere Viaductgasse, frente al depósito de la Oficina de Impuestos al Consumo, la Aduana. Delante del depósito hay una rampa de descarga a la que llegan carros todo el día a cargar cestas y toneles. Una verja separa el patio de la calle, y el portón de entrada queda justo enfrente de la casa de Hans.

DEPÓSITO DE LA ADUANA rampa de descarga patio B A verja portón UNTERE VIADUCTGASSE casa de Hans
Según el croquis del padre. A: los carros que giran al entrar o salir por el portón. B: los que arrancan de golpe desde la rampa.

Desde hace unos días Hans tiene un miedo particular a ciertas escenas de ese paisaje. Teme que los caballos se caigan cuando el carro gira al entrar o salir del portón. Teme también que los carros estacionados en la rampa arranquen de pronto. Les tiene más miedo a los caballos grandes de tiro que a los chicos, a los rústicos que a los elegantes, a los que van rápido que a los que trotan despacio. Freud comenta que, gracias al análisis, no solo el paciente sino también su fobia se han animado a mostrarse.

Hans explica además un plan: le gustaría trepar desde un carro estacionado hasta la rampa y subirse a los equipajes, como hacen los pilletes de la calle. Lo que lo asusta es que el carro arranque mientras él está arriba. Freud anota que ese juego tiene que estar en relación simbólica con otro deseo, todavía no dicho.

La diligencia

El 5 de abril, preguntado por los caballos que más miedo le dan, Hans habla de unos que tienen «algo negro en la boca», cubriéndose la boca con la mano para mostrarlo. Y de los carros de mudanza, porque cree que si los caballos tiran de un carro pesado se caen. Más que nada, de las diligencias. ¿Por grandes? No: porque una vez se cayó un caballo de diligencia.

¿Cuándo? Una vez que salió con mamá a pesar de la tontería, cuando le compraron un chaleco. La madre lo confirma. Habían ido a la pista de patinaje, al café, a comprar el chaleco y a la pastelería, y al volver por el parque, al anochecer, vieron caer al caballo. Hans dice que en ese momento pensó que siempre sería así, que todos los caballos de diligencia se caerían. Y precisa: no tenía la tontería antes, la agarró justo ahí.

El padre le recuerda que la tontería era el miedo a ser mordido. Hans responde: se tumbará y morderá. Freud, en nota, le da la razón. Por inverosímil que suene la unión, es exacta: el caballo, el padre, lo morderá porque él desea que el padre se caiga.

¿Qué lo asustó tanto? Que el caballo hizo un «barullo» con las patas, y Hans se tira al suelo para enseñar el pataleo. ¿Quedó muerto? Sí, porque lo vio. Y enseguida, riendo: no, no estaba muerto, lo dijo en broma. Pero cuando lo dijo tenía el gesto serio. En el camino a Lainz el padre averigua que eran dos caballos negros, grandes y gordos. ¿Pensaste en tu papi cuando se cayó? Quizás. Sí. Es posible.

Hans muerde al padre

Desde hace un tiempo Hans juega al caballo en casa: trota por la habitación, se cae, patalea, relincha. Se ata una bolsita como morral. Y varias veces se lanza sobre el padre y lo muerde. Freud lo lee como aceptación de las interpretaciones, más clara que cualquier palabra, pero con los papeles invertidos, como corresponde a una fantasía de deseo: ahora el caballo es él, y él muerde al padre. Al mismo tiempo, así se identifica con el padre. El padre, por su parte, nota que Hans se ha vuelto más resuelto con él, sin insolencia, de buen humor. ¿Será que ya no le teme al caballo?

El 9 de abril, viendo al padre lavarse con el torso desnudo, Hans le dice qué blanco y lindo es. Como un caballo blanco, responde el padre. Solo el bigote es negro, completa Hans. ¿O será el bozal negro?

Ese mismo día el padre recoge otro hilo. Cuando Hans se enoja, o cuando tiene que ir a hacer sus necesidades y prefiere seguir jugando, patalea en el suelo. Hacer «Lumpf» es su palabra para la necesidad mayor. Al oír la conexión, Hans anuncia que tiene que hacer pipí y va. Freud había anticipado al padre que el pataleo del caballo caído podía recordarle al niño su propia reacción al retener la orina.

«Wegen» y «Wagen»

Preguntado por los juegos de Gmunden, Hans cuenta que allí jugaban mucho al caballito. Él era el caballo y Berta el cochero. Una vez Fritzl hizo de caballo, corrió fuerte, tropezó con una piedra y le salió sangre del pie; pero Hans niega que se haya caído. Y ofrece una explicación de su enfermedad: los chicos decían siempre «por causa del caballo», wegen dem Pferd, y quizás por eso agarró la tontería.

Freud ve aquí dos cosas que al padre se le escapan. Que lo que hoy es objeto de fobia fue antes asunto de gran placer: la teoría lo exige. Y que la palabrita wegen, «por causa de», pronunciada en Viena casi igual que Wagen, «carruaje», ha allanado el camino para que la fobia pase del caballo al carruaje.

Días después, cuando confiese su deseo de que el padre se caiga, Hans admitirá también que Fritzl sí se cayó.

Capítulo IXLumpf

El análisis entra ahora en un terreno que nadie esperaba. Freud advierte al lector que se aburrirá, y que en todo psicoanálisis hay estos períodos oscuros.

La madre vuelve de compras y muestra lo que trajo, entre otras cosas unos calzones amarillos. Hans dice «¡puf!», se tira al suelo y escupe. Lo hizo varias veces. Preguntado por qué, dicta para el Profesor que cuando vio los calzones amarillos dijo puf, escupió y cerró los ojos, y que lo mismo hizo con los negros. Le dieron asco porque creyó que tenía que hacer Lumpf. Interrumpe el dictado para decir que cuando puede escribirle al Profesor siempre está contento.

Después inventa que la madre se sacó los calzones negros al salir y se los volvió a poner al volver. La madre lo desmiente, y Hans, de mal humor, pide que lo dejen tranquilo. Freud lo dice con claridad: el niño finge su contento y al final se arranca la máscara. Se trata de cosas que antes le daban mucho placer y de las que ahora, sobrevenida la represión, se avergüenza con el pretexto del asco. Miente para mudar de escenario el cambio de calzones, que en realidad pertenece al contexto del Lumpf.

La madre confirma que Hans la acompañaba a menudo al baño. Insistía hasta que lo dejaban. En Gmunden había hecho lo mismo con Berta, hasta que se supo y se lo prohibieron. Hans admite que le gustaba mucho, porque creía que así vería el hace-pipí.

Hay más. En Lainz no quiere ir al baño porque le asusta el ruido del agua al bajar. En casa pide hacer la prueba: primero hay un barullo fuerte y después uno débil. Cuando es fuerte prefiere quedarse, para oírlo bien. Un barullo grande le hace pensar en Lumpf, uno chico en pipí, como los calzones negros y amarillos.

Y el padre da el paso decisivo: ¿el caballo de la diligencia no tenía el color de un Lumpf? Hans, muy tocado, responde que sí.

Freud aprovecha para reprender al padre: pregunta demasiado y explora según sus propios designios en lugar de dejar hablar al niño. Por eso esta parte se vuelve opaca. Hans va por su camino y no rinde nada cuando se lo saca de él. El consejo al lector es el mismo del comienzo: no querer comprenderlo todo enseguida, sino prestar una atención neutral y esperar lo que sigue.

El instalador y la bañera

El 11 de abril Hans cuenta una fantasía nueva: estaba en la bañera, vino el instalador, la destornilló, tomó un gran taladro y se lo metió en la panza. El padre la traduce como una escena de alcoba: estoy en la cama con mamá, viene papá y con su pene grande me desaloja. Freud prefiere esperar.

Hans agrega otra: viajaban en tren a Gmunden, se vestían en la estación, no terminaban a tiempo y el tren partía con ellos. Y en el almuerzo ofrece, sin que nadie se lo pida, el nexo entre ambas: qué lindo que en Gmunden hubiera una bañera, así no tenía que ir a la casa de baños. En Gmunden siempre lo llevaban a bañar a un establecimiento cercano y él lloraba; en Viena berrea cuando lo meten en la bañera grande.

¿De qué tiene miedo? De caerse adentro. ¿Teme que mamá lo suelte? Que saque las manos y él caiga de cabeza. Pero mamá te quiere. Lo creyó, dice, quizás porque se portaba mal. Y el padre pregunta lo que había que preguntar: cuando mamá bañaba a Hanna, ¿deseaste que la soltara para que se cayera adentro? Hans dice que sí.

El 12 de abril, en el tren de regreso de Lainz, ve los asientos de cuero negro y dice puf: escupe los calzones negros, los caballos negros, y escupe porque tiene que hacer Lumpf. Otro día, cuando sale un carro del portón de enfrente, el padre pregunta si el portón no se parece a un trasero. Hans completa: y los caballos son los Lumpf. Desde entonces, cada vez que ve salir un carro, dice con cariño: mira, viene un «Lumpfi».

El 13 la madre cuenta que Hans, en el balcón, dijo haber pensado que Hanna estaba en el balcón y se caía. El balcón, por cierto, lo había construido un artesano de la Secesión con aberturas peligrosas que el padre tuvo que achicar con alambre. Preguntado por la madre si preferiría que Hanna no existiera, Hans dice que sí.

Capítulo XLa cesta de la cigüeña

El 14 de abril el tema de Hanna pasa al primer plano. Hans ha dicho varias veces que la cigüeña no debe traer más niños, que hay que pagarle para que no saque ninguno más de la gran cesta donde están. De pronto recuerda, con una alabanza que suena falsa, lo linda que estaba Hanna en la cama junto a mamá.

Frente a la casa, el progreso es grande. Exclama casi con alegría que ahí viene un caballo con lo negro en la boca, y el padre puede comprobar por fin que se trata de un bozal de cuero. Hans no le tiene miedo. Golpea el empedrado con un palo y pregunta si ahí abajo hay un hombre enterrado, o si eso solo pasa en el cementerio. Ya no lo ocupa solo el enigma de la vida, sino también el de la muerte.

De vuelta en casa ve una cesta en el vestíbulo y arranca con una historia que sostendrá contra toda evidencia: Hanna viajó a Gmunden en una cesta así, siempre que viajaron a Gmunden ella fue en la cesta; él se acuerda muy bien, palabra de honor. Cuando el padre le recuerda que el verano anterior Hanna viajó con ellos en el compartimiento, Hans insiste: antes, siempre, viajaba en la cesta.

La historia crece con cada pregunta. Al llegar, la bajaron entre él y mamá, la subieron al carruaje y Hanna montó el caballo y gritaba «¡arre!» con el látigo que Hans tenía antes. Pero si no podía ni sentarse, objeta el padre. Oh, sí que se sentó. En la cesta le pusieron pan con manteca, arenques y rábanos, y comió cincuenta veces sin moverse y se tomó dos tazas de café. Esto que cuento, admite al fin, ni siquiera es verdad.

La venganza del investigador

¿Qué significa este disparate sostenido con tanta obstinación? Freud responde que no es un disparate sino una parodia y una venganza. Hans viene a decirle al padre: ¿cómo puedes pedirme que crea que la cigüeña trajo a Hanna en octubre, si yo vi la panza grande de mamá ya en el verano, cuando fuimos a Gmunden? Si tú me cuentas mentiras, yo puedo pedirte que creas las mías.

Hanna viajó, en efecto, a Gmunden un año antes de nacer: en el vientre de la madre, que estaba entonces en el quinto mes. La cesta es el seno materno.

Luego el padre le pregunta cómo llegó Hanna, en verdad, a la cama de mamá, y Hans se desata a burlarse. La cigüeña llegó de noche, golpeó, todos dormían, tenía la llave justa, abrió la puerta, la puso en la cama sin hacer ruido, sin patalear, y se fue. Después llamó por teléfono. Y no hay que contárselo a mamá: es un secreto.

¿Prefieres que Hanna no hubiera nacido? Sí: así no gritaría, y él no aguanta los gritos. Y el padre: entonces, cuando mamá la baña, piensas que ojalá la soltara y ella se cayera al agua. Hans completa: y se muriera. El padre lo amonesta: un chico bueno no desea eso. Y Hans le da la réplica que Freud aplaude: tiene permitido pensarlo; y si lo piensa, está bien escribírselo al Profesor.

Hans dice que la cesta de la cigüeña es roja. En su primer libro ilustrado hay un nido de cigüeñas sobre una chimenea roja, y en la misma página, por casualidad, un caballo al que están herrando. Freud registra el dato con discreción: en alemán, «herrar» y «pegar» se diferencian en una sola letra.

Al día siguiente el padre, ya advertido por Freud, vuelve sobre el tema. ¿Cómo era Hanna de chiquita? Como una cigüeñita. ¿Como un Lumpf? Oh, no, un Lumpf es mucho más grande... un poquito más chico: como Hanna, realmente.

Freud confiesa aquí un descuido propio. Había anticipado al padre que la fobia se reconduciría a los pensamientos despertados por el nacimiento de la hermana, pero había omitido decirle que, para la teoría sexual infantil, un hijo es un Lumpf, y que Hans tendría que pasar por el complejo excremental. De ese olvido nacieron las oscuridades del análisis. Y de ellas, a cambio, la mejor prueba de que el niño no estaba siendo sugestionado.

Carruajes de cesta de cigüeña

El 17 de abril Hans cruza por fin al patio de enfrente. Al día siguiente no se atreve porque hay un carro en la rampa: teme embromar a los caballos, gritarles y que se caigan y pataleen. Admite que le gustaría mucho embromarlos y pegarles. Inventa que una vez en Gmunden sacó un caballo del establo y lo azotó hasta que se cayó; después confiesa que no es verdad, que solo lo pensó, en la cama, aquí en Viena.

¿A quién le gustaría más pegarle: a mamá, a Hanna o a papá? A mamá, con el sacudidor de alfombras con que ella suele amenazarlo. Esa tarde, en la calle, Hans declara que las diligencias, los carros de mudanza y los carros carboneros son carruajes de cesta de cigüeña.

Es decir, mujeres embarazadas.

El 21 de abril aparece otra pieza. Hans tiene miedo de unos caballos que levantan la cabeza al andar porque son tan orgullosos. ¿Quién es tan orgulloso? Tú, cuando yo voy a la cama de mami. Y le desea al padre, sin rodeos, que tropiece descalzo con una piedra, como Fritzl, y le salga sangre, para poder estar un ratito solo con mamá. Ahora admite que Fritzl se cayó. Y cuando el padre pregunta por qué él se enoja, Hans responde: porque estás celoso. El padre lo niega; el niño insiste en que lo sabe.

Capítulo XIHuevos, muñecas y Lodi

El 22 de abril Hans pasa la mañana jugando con una muñeca de goma a la que llama Grete. Le mete un cortaplumas de mamá por el agujerito donde tenía el silbato, le abre las piernas para que el cuchillito caiga, y le dice a la niñera que ahí está el hace-pipí.

Al padre, en cambio, no le da esa explicación. Cuando este le pregunta si pensó que el cuchillito era un niño, Hans contesta que no, aunque le parece que la cigüeña una vez consiguió un niño, o alguien. Y añade una frase que Freud no deja pasar: ¿o se equivocó al decirlo? El padre responde que todo lo que uno dice es un poquito verdad. Bueno, concede Hans, un poquitito.

El padre le cuenta entonces que las gallinas ponen huevos y de los huevos salen pollitos. Hans se ríe; dice que ya lo vio. ¿Dónde? En ti. En Gmunden, en el pasto, papá puso un huevo y saltó un pollito; mamá se lo contó. Y enseguida: no es verdad, fue él quien puso un huevo en Gmunden, se arrodilló en el pasto, a la mañana les dijo a los chicos que buscaran, y del huevo salió un pequeño Hans.

Freud ve en este momento un golpe audaz: el niño se ha apoderado de la conducción del análisis. Los padres vacilaban en darle el esclarecimiento que hacía tiempo correspondía, y él, con una acción sintomática brillante, les muestra cómo se representa un nacimiento. Después, insatisfecho con la explicación de los pollitos, responde con una parodia que termina en clara alusión al parto de la hermana.

¿Le gustaría tener una nena? Sí, pero mamá no debe tener ninguna. Solo las señoras tienen hijos, le dicen. Hans no se rinde: un varón consigue una nena y una nena consigue un varón. Y como el padre insiste en que es Dios quien lo dispone así, Hans le promete que él también conseguirá uno; solo tiene que esperar.

El 24 de abril los padres se deciden: le explican que los hijos crecen dentro de la mamá y salen con esfuerzo, como un Lumpf, con grandes dolores. Esa tarde Hans está visiblemente aliviado y corre detrás de los carruajes. Solo le queda no alejarse mucho de la puerta.

El caballito se cae

Al día siguiente vuelve a darle un cabezazo al padre en la barriga. ¿Eres un chivo? Un carnero, dice Hans, que en su media lengua suena a «otra vez». En Gmunden Fritzl tenía una corderita que lo había topado; a él no le dio miedo, asegura, lo cual no es cierto.

Mientras el padre le pregunta si lo quiere, Hans juega con un caballito y el caballito se cae. «¡Se tumbó el caballito! ¿Ves cómo hace barullo?». Freud registra la acción sintomática: en el instante en que se habla del deseo de muerte contra el padre, el niño derriba al caballo. ¿Estás celoso porque mamá me quiere? Bueno, sí. ¿Qué harías si fueras papá? Lo llevaría a Lainz todos los domingos, no, todos los días; sería muy bueno.

Después la conversación vuelve a los carros. Hans precisa ahora con exactitud qué le da miedo: los carros de un caballo cuando van cargados, las diligencias por el mucho equipaje que llevan en el techo. ¿Y mamá, cuando tuvo a Hanna, no estaba cargada también? Mamá volverá a estar cargada cuando tenga otro, cuando le crezca otro adentro.

Lodi

Desde el regreso de Gmunden, Hans juega con «sus hijos». La preferida se llama Lodi, nombre que no existe. Ojos negros, pelo negro, la vio una vez en Gmunden con Mariedl: es un invento. El padre, en broma, pregunta si quiere decir un chocolatín, un Schokolodi. Hans lo corrige al instante: no, un Saffalodi, porque le gustan mucho las salchichas. Un salchichón ahumado. ¿Y un Saffalodi no se parece a un Lumpf? Sí.

¿Y cuando estabas sentado en la bacinilla y venía un Lumpf, pensabas que tenías un hijo? Riendo, Hans dice que sí. Y entonces el padre arma la frase completa: el carruaje parecía una cesta de hijos, y cuando el caballo negro se cayó era... «como cuando uno tiene un hijo», completa Hans. ¿Y el barullo con las patas? Es el que él hace cuando no quiere sentarse en la bacinilla y prefiere jugar.

Capítulo XIIEl instalador vuelve

El 26 de abril Hans explica que antes él era la mamá de sus hijos. Los dormía con él, a todos, y como no cabían en la cama puso unos en el sofá, otros en el cochecito y los que sobraban en las cestas, en el suelo. Las cestas de cigüeña. Freud aclara que no hace falta suponer en el niño un rasgo femenino: como hijo vivió ternuras arrobadoras junto a la madre, y ahora las repite en papel activo, para lo cual tiene que hacer de madre.

El 30 de abril, cuando el padre le recuerda que un varón no puede tener hijos, Hans ya tiene la solución. Antes él era la mami; ahora es el papi. ¿Y quién es la mamá de los niños? Mamá. Y tú, el padre, eres el abuelo. ¿Te gustaría ser grande como yo, estar casado con mamá y que ella tenga hijos? Sí, y la abuela de Lainz es entonces la abuela.

Todo termina bien. El pequeño Edipo encontró una solución más feliz que la que prescribe el destino.

En lugar de eliminar al padre, le concede la misma dicha que quiere para sí: lo hace abuelo y lo casa con su propia madre. Freud la llama una corrección: la fantasía conserva lo que el deseo pedía y quita lo que era inaceptable, la muerte del padre.

El 1 de mayo Hans pide escribirle al Profesor: esa mañana fue al baño con todos sus hijos, hizo Lumpf y pipí y ellos miraron; después los sentó en el inodoro y les limpió el trasero, porque le gusta hacerles todo lo que se hace con los hijos. Esa tarde se aventura por primera vez hasta el parque. Es 1 de mayo y hay menos carruajes, pero antes eso habría bastado para asustarlo. Por el camino le señala al padre una diligencia: mira, un carruaje de cesta de cigüeña.

El 2 de mayo llega la última fantasía. Vino el instalador y con unas tenazas le quitó el trasero y le dio otro, y después el hace-pipí. El padre no duda: te dio un hace-pipí más grande y un trasero más grande. Como los de papi, porque te gustaría ser papi. Sí, y también un bigote como el tuyo, y esos pelos, señalando el pecho del padre.

Ahora sí se entiende la primera fantasía del instalador. La bañera grande era el trasero, y el taladro, el hace-pipí; ambas fantasías son la misma. El miedo a la bañera grande tenía también este costado: le desagradaba que su trasero fuera demasiado chico para ella.

Lo que quedó

Una semana más tarde el padre manda unos complementos. La mejoría tras el primer esclarecimiento no había sido tan completa como él la pintó. Hans tenía unos cuatro años cuando lo mudaron del dormitorio de los padres a una habitación propia. La fobia ha dejado un resto, que ya no es miedo sino ganas de preguntar: de qué están hechas las cosas, quién las fabrica. Pregunta aunque ya sepa la respuesta. Cuando el padre, cansado, le dice que no puede responderle todo, Hans contesta que creyó que sí, porque había sabido lo del caballo.

Hans habla de su enfermedad en pasado: «cuando tenía la tontería». Lo que no ha resuelto es qué tiene que ver el padre con el hijo, si es la madre quien lo trae al mundo. Y el padre pide que, al publicar el caso, se subraye la violencia de esa angustia, no vaya a creer alguien que con una buena paliza el chico habría salido a pasear.

Freud cierra el historial con una frase sobre el niño que vale para todo el libro: nuestro pequeño investigador aprendió muy pronto que todo saber es fragmentario, y que en cada etapa queda un resto sin resolver.

Libro tercero
Lo que Freud leyó en el caso
La «Epicrisis» de 1909: si el caso confirma la teoría sexual, qué enseña sobre las fobias y qué sobre la educación.

Capítulo XIII¿Sugestión?

Freud sabía qué le iban a reprochar, y lo enfrenta antes que nada. La objeción fuerte no es que Hans fuera un niño anormal; es que el análisis no vale nada porque lo hizo un padre convencido de las teorías de Freud, sobre un niño que haría cualquier cosa por complacerlo. Todo sería sugestión.

La respuesta tiene tres partes, y conviene leerlas despacio porque siguen siendo actuales.

La primera es una ironía. Veintidós años atrás, recuerda Freud, los psiquiatras se burlaban de la sugestión; ahora la invocan para explicarlo todo, sin saber qué es, porque ahorra pensar. Basta con llamar «sugestión» a cualquier cosa incómoda.

La segunda es una concesión franca. Sí, en el curso del análisis hubo que decirle al niño muchas cosas que él no sabía decir, y su atención se orientó hacia donde el padre esperaba. Pero así es todo análisis, porque el psicoanálisis no es una investigación imparcial sino una intervención terapéutica: no quiere probar nada, quiere cambiar algo. Siempre el médico ofrece al paciente las representaciones con cuya ayuda puede reconocer lo inconsciente. Sin esa ayuda nadie sale del paso; para dominar una neurosis se necesita del otro.

La tercera es la prueba. Hans aplicó a su material teorías sexuales infantiles que nadie le sugirió y que son del todo ajenas al adulto. El ejemplo decisivo es el Lumpf: Freud había omitido, a propósito según confiesa, prevenir al padre de que el camino al tema del nacimiento pasaría por los excrementos. El padre no entendía adónde iba el niño ni qué saldría de ahí. Tampoco tuvo parte en las dos fantasías del instalador. Lo que fue la parte oscura del análisis resultó el mejor testimonio de su autenticidad.

Freud añade una defensa de la palabra infantil. En lo psíquico no hay nada arbitrario. La incertidumbre de lo que dicen los niños proviene del poder de su fantasía, como la de los adultos proviene del poder de sus prejuicios. Se puede distinguir con nitidez dónde Hans falsea bajo la presión de una resistencia, dónde adhiere sin convicción a lo que dice el padre, y dónde, libre de presión, cuenta a borbotones lo que solo él sabía.

Capítulo XIVUn niño de los Tres ensayos

La primera pregunta de la Epicrisis es si el caso confirma lo que Freud había escrito en 1905. La respuesta es que encaja «muy bien», y el inventario es largo.

La zona rectora. Entre las zonas erógenas de Hans, la genital es desde el principio la de placer más intenso. Junto a ella, solo el placer excrementicio. Su interés por el hace-pipí lo vuelve investigador y le permite clasificar el mundo.

Ver y mostrarse. El placer en el propio miembro se enlaza con el placer de mirar, en su forma activa y pasiva: quiere ver el de los otros y le gusta mostrar el suyo. Freud toma de Alfred Adler, todavía miembro de su círculo, la expresión «entrelazamiento pulsional» para nombrar ese anudamiento.

La comparación. Si Hans insiste en ver el hace-pipí de los padres es para comparar. El yo sigue siendo la medida con que se mide el mundo. Como los animales grandes tienen uno grande, supone lo mismo de los padres, y de ahí el consuelo de que el suyo crecerá: el deseo de ser grande se volcó sobre el genital.

Homosexualidad infantil. Hans quiere a Fritzl y a las niñas sin hacer mucha diferencia. Freud lo dice sin escándalo: es homosexual como todos los niños pueden serlo, en armonía con el hecho de que solo conoce una clase de genital, el suyo. Su desarrollo, sin embargo, no va hacia la homosexualidad sino hacia una masculinidad enérgica y polígama.

El pequeño Edipo. En sus lazos con los padres, Hans confirma de la manera más flagrante lo dicho en el libro de los sueños: quiere al padre fuera, eliminado, para quedarse a solas con la madre y dormir con ella. El deseo nació en Gmunden, cuando las idas y venidas del padre le mostraron de qué dependía la intimidad con la madre. Primero fue «que papá se vaya de viaje»; en Viena, donde el padre ya no viajaba, se volvió «que papá no esté nunca», es decir, que esté muerto.

La ambivalencia. Y sin embargo Hans no es malvado. Es tierno y bondadoso fuera de lo común; ya de pequeño se angustiaba si veía pegar a un caballo de calesita. Ama al mismo padre a quien desea muerto, y lo demuestra pegándole y besando enseguida el lugar del golpe. Estos pares de opuestos, que en el adulto solo coinciden en la cumbre de la pasión, conviven en el niño en paz durante un tiempo.

La hermana. El nacimiento de Hanna fue el suceso de mayor peso: exacerbó sus vínculos con los padres, le planteó tareas que no podía resolver y, al verla cuidar, le reavivó las huellas de sus propios placeres de lactante. En lo inconsciente trató a la hermana y al padre del mismo modo, porque ambos le quitaban a la madre.

Capítulo XVAnatomía de una fobia

La segunda pregunta es qué enseña el caso sobre las fobias, cuyo lugar entre las neurosis era todavía incierto. Freud propone tratarlas no como una enfermedad aparte sino como un síndrome, y para las del tipo de Hans, las más comunes, propone un nombre: histeria de angustia.

El nombre se justifica porque el mecanismo es el de la histeria salvo en un punto decisivo. En la histeria de conversión, la libido desprendida del material reprimido se convierte en un síntoma corporal: una parálisis, una tos. En la histeria de angustia no se convierte: se libera como angustia.

Son las neurosis más frecuentes y las más tempranas, las neurosis propias de la infancia. Y tienen un rasgo característico: se desarrollan cada vez más como fobia. El enfermo trabaja sin pausa para volver a ligar la angustia liberada, y como no puede devolverla a la libido de donde salió, levanta parapetos: precauciones, inhibiciones, prohibiciones. Esas construcciones protectoras son lo que vemos como fobia. Al final la persona puede quedar libre de angustia, al precio de no salir a la calle.

Por eso, añade, curar una fobia por la fuerza, exponiendo al enfermo a la situación temida, es inútil y a veces peligroso. Los padres de Hans decidieron desde el principio no burlarse de él ni maltratarlo, y buscar sus deseos reprimidos.

El caballo sobredeterminado

El centro de la Epicrisis es la síntesis. Freud reconstruye el orden en que se formó la neurosis, que no coincide con el orden en que el análisis la fue descubriendo, y muestra que el caballo es un nudo donde convergen varias líneas de pensamiento a la vez.

el caballo QUE MUERDE · QUE CAE el padre bigote, anteojos; rival que castiga la madre carro cargado = embarazo el Lumpf lo negro que cae con ruido Fritzl el rival que tropezó Hans «yo soy un potrillo» el placer de moverse jugar al caballito, el impulso motor
Un mismo objeto de angustia, varias líneas de pensamiento inconsciente.

La reconstrucción, en limpio, es esta. El nacimiento de Hanna trajo privaciones: una separación de la madre, menos cuidados, y a la vez el espectáculo de cómo se cuida a un bebé, que reavivó sus propios placeres. Su necesidad erótica creció. En Gmunden la repartió entre sus compañeros de juego y sus hijos imaginarios; en Viena quedó solo, con todas sus demandas puestas en la madre y, para colmo, desterrado del dormitorio de los padres.

El nacimiento le planteó además el gran enigma: de dónde vienen los niños. Hans no creyó lo de la cigüeña. Había visto el vientre grande de la madre, la había oído gemir, la vio levantarse delgada. Infirió que Hanna había estado adentro y salió como un Lumpf, y por la memoria de sus propios placeres de evacuación pudo imaginar el parto como algo placentero y desear tener hijos él mismo. Nada de eso le producía conflicto.

El conflicto venía del padre. El padre tenía algo que ver con los hijos, puesto que decía que eran suyos, pero no era él quien los paría. El padre le impedía dormir con la madre. Y además le mentía con la cigüeña, negándole el saber que él buscaba. Hans tenía que odiar como rival al mismo padre que había amado siempre, su modelo, su primer compañero de juegos. Ese fue su primer conflicto de sentimientos, y no tenía solución.

Por último, Hans intuía que el padre hacía con la madre algo que tenía que ver con el hace-pipí grande; algo violento, una rotura, una penetración en un recinto cerrado. Sentía en sí mismo ese impulso. Pero no podía completar el razonamiento porque creía que la madre tenía un pene como el suyo. Los dos impulsos activos, el hostil hacia el padre y el sádico-tierno hacia la madre, quedaron sin salida.

Entonces, un día de enero, vio caer a un caballo grande y pesado. La escena tocó a la vez los dos complejos. Era el padre que caía y moría, como Fritzl había caído jugando al caballo. Y era la madre que «cae» en el parto, el carro cargado que se vacía, el Lumpf que sale. Por esa doble vía volvió lo reprimido, desplazado sobre el caballo, y todos sus afectos se mudaron en angustia.

Lo que gana el enfermo

Freud termina la síntesis con una observación que aclara qué es, en el fondo, una neurosis. Lo que la represión alcanzó en Hans fueron sus componentes sexuales dominantes: abandonó la masturbación, rechazó con asco todo lo excrementicio, dejó de querer mirar. Pero el contenido de la fobia salió de otro lado: de los impulsos agresivos que nunca habían podido expresarse.

El propósito de la fobia es una vasta limitación de la libertad de movimiento: es una reacción contra impulsos motores oscuros que querían volverse contra la madre. El caballo había sido siempre para el niño el modelo del placer de moverse, «soy un potrillo», y como ese placer incluía el impulso al coito, la neurosis lo limitó y entronizó al caballo como imagen del terror.

Y sin embargo lo reprimido obtiene algo. La fobia impide salir a la calle y permite quedarse en casa con la madre amada. Ahí triunfa la ternura: el enamorado se pega a su objeto, solo que ahora se ha cuidado de que sea inofensivo. Represión y satisfacción a la vez: así es un compromiso neurótico.

Capítulo XVILa lección para los educadores

Queda la objeción postergada: que Hans era un niño hereditariamente predispuesto, un dégénéré, y que de él nada se puede concluir sobre los niños normales. Freud reconoce, con timidez, que la madre había padecido una neurosis en su juventud y que él la había tratado; de allí su vínculo con la familia. Pero sostiene que Hans no tiene nada de degenerado: es un chico sano, alegre, amable e inteligente.

Además, las fobias infantiles son extraordinariamente frecuentes, incluso en niños educados con todo rigor. Se las acalla a gritos porque son incómodas, y ceden en meses o años. Lo que no se sabe es qué alteraciones de carácter deja esa curación aparente. Y cuando se analiza a un adulto neurótico, casi siempre se descubre que su neurosis continúa aquella angustia infantil.

Hans, sugiere Freud, quizás no estuvo más enfermo que tantos otros. Pero como fue educado sin amedrentamiento, su angustia se mostró con más osadía: le faltaron la mala conciencia y el miedo al castigo que en otros niños la achican. Hasta se permite pensar que la fobia le fue beneficiosa, porque obligó a los padres a atender a las dificultades inevitables de la educación y le valió la ayuda del padre; y quizás no lleve dentro, como otros, un germen de complejos reprimidos.

Juicio en lugar de represión

¿Perjudicó a Hans sacar a la luz estos complejos? ¿Se tomó en serio sus pretensiones sobre la madre, o pasó de los malos deseos a los hechos? Nada de eso. Las únicas consecuencias del análisis son que Hans sanó, ya no teme a los caballos y trata al padre con una confianza mayor; lo que el padre perdió en respeto lo ganó en confianza.

Y aquí Freud da una definición de lo que hace el análisis que conviene recordar. No deshace la represión: las pulsiones que fueron sofocadas siguen sofocadas. Pero cambia el modo. Reemplaza un proceso automático y excesivo por un dominio mesurado, dirigido a una meta, con ayuda de las instancias superiores del alma.

Sustituye la represión por el juicio que condena.

Si de él hubiera dependido, dice Freud, le habría dado a Hans el esclarecimiento que los padres se reservaron: la existencia de la vagina y del coito. Está seguro de que el niño no habría perdido por eso el amor a la madre ni su condición de niño, y habría entendido que debía postergar esos afanes hasta ser grande. Pero el experimento pedagógico no se llevó tan lejos.

La educación, concluye, se ha propuesto siempre gobernar, o más bien sofocar, las pulsiones, sin preguntar por el costo. Si se propusiera en cambio volver al individuo apto para la cultura y útil socialmente con el mínimo daño a su actividad, lo que el psicoanálisis sabe sobre el origen de los complejos patógenos sería para el pedagogo una guía inapreciable.

Y una confesión final. De este análisis, dice, no aprendió nada nuevo: todo lo había colegido ya en adultos, de manera más indirecta. Pero precisamente por eso le atribuye un valor paradigmático: la enorme variedad de las neurosis podría derivarse de muy pocos procesos, relativos a unos mismos complejos.

Libro cuarto
Cronología de una idea
De dónde venían las herramientas con que Freud leyó a Hans, y cómo el mismo caballo cambió de sentido en los veinte años siguientes.

Capítulo XVIIAntes de Hans, 1895 – 1908

Cuando las cartas del padre empiezan a llegar, Freud tiene cincuenta y un años y una caja de herramientas armada en poco más de una década. Conviene repasarla en orden, porque cada pieza del caso se apoya en alguna de ellas.

1895Neurosis de angustia. La excitación sexual que no se descarga se transforma directamente en angustia. Es una teoría casi fisiológica: la angustia es libido «agriada». En los Estudios sobre la histeria, con Breuer, el síntoma es un recuerdo que no se pudo tramitar.
1895Proyecto de psicología. El caso Emma: una escena infantil se vuelve traumática solo después, cuando la pubertad le da un sentido sexual. Es la primera formulación del efecto retardado.
1896Teoría de la seducción. La causa de la histeria sería un abuso sexual real sufrido en la infancia.
1897«Ya no creo en mi neurótica». Carta a Fliess del 21 de septiembre. Freud abandona la seducción como causa universal; el peso pasa a la fantasía. El 15 de octubre, en su autoanálisis, encuentra en sí mismo el amor por la madre y los celos hacia el padre, y nombra a Edipo.
1900La interpretación de los sueños. El sueño es un cumplimiento de deseo disfrazado por la censura mediante condensación y desplazamiento; sus elementos están sobredeterminados. Allí se publica por primera vez el material edípico y la tesis de que el niño desea la muerte del hermano rival.
1905Tres ensayos de teoría sexual. Existe una sexualidad infantil, hecha de pulsiones parciales ligadas a zonas erógenas, autoerótica al principio; el niño es «perverso polimorfo»; hay una investigación sexual infantil y una primera elección de objeto antes de los cinco años.
1905Dora. El primer gran historial publicado. Freud descubre la transferencia, en buena medida por haberla pasado por alto.
1907El esclarecimiento sexual del niño. A favor de decir la verdad a los niños. Primeras anécdotas del «pequeño Herbert».
1908Sobre las teorías sexuales infantiles. Primera mención del complejo de castración; las teorías del niño sobre la diferencia de sexos, el nacimiento anal y el coito violento. Escrito con Hans en mente.
1908Carácter y erotismo anal. Y el prólogo al libro de Stekel, con la expresión «histeria de angustia».

Con todo esto en la mano, el caso de Hans funciona como una prueba de laboratorio. Freud lo dice en la Epicrisis: no aprendió nada que no supiera. Lo que el caso aporta es la observación directa, en un niño, de lo que en el adulto solo podía reconstruirse.

Capítulo XVIIIDespués de Hans, 1910 – 1933

Un historial clínico, en manos de Freud, nunca se cierra del todo. Hans vuelve una y otra vez en su obra, cada vez para probar algo distinto. Siguiendo esas apariciones se puede ver cómo cambia su pensamiento.

1910«Complejo de Edipo». La expresión se imprime por primera vez en «Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre». Lo que en Hans era «un pequeño Edipo» se vuelve un concepto.
1912Ambivalencia. Freud adopta el término de Bleuler en «Sobre la dinámica de la transferencia». Hans, que pega y besa la misma mano, es su ilustración temprana.
1913Tótem y tabú. En el cuarto ensayo, las fobias infantiles a animales sirven para explicar el totemismo. Freud reúne a Hans con el «pequeño hombre gallo» de Ferenczi y concluye que el animal temido es un sustituto del padre, amado y odiado a la vez, como el tótem del clan.
1915La represión · Lo inconciente. La histeria de angustia se describe en tres tiempos: primero aparece la angustia sin que se sepa de qué; luego se forma un sustituto por desplazamiento, el animal; por último, la evitación crece y se fortifica como una muralla. Para el yo, el peligro interior parece ahora venir de afuera.
1917Conferencia 25, «La angustia». Todavía sostiene la vieja tesis: la libido reprimida se muda en angustia. Distingue la angustia realista, ante un peligro exterior, de la neurótica.
1918El Hombre de los Lobos. Escrito en 1914. Otra zoofobia infantil, reconstruida en un adulto: el miedo a ser devorado por el lobo. Freud lo compara con Hans; aquí lo reprimido es un deseo pasivo y tierno hacia el padre.
1920Más allá del principio de placer. La pulsión de muerte. La agresión, que en 1909 le negaba a Adler como pulsión propia, obtiene un lugar en la teoría.
1922Apéndice al caso. Hans visita a Freud a los diecinueve años.
1923La organización genital infantil · El yo y el ello. El primado del falo. El aparato psíquico en yo, ello y superyó. Notas nuevas en la reedición de Hans.
1924El sepultamiento del complejo de Edipo. En el varón, la amenaza de castración pone fin al Edipo. De ahí el valor que Freud daba a que los padres de Hans hubieran registrado la amenaza años antes de la fobia.
1926Inhibición, síntoma y angustia. La gran revisión, con Hans en el centro. Se cuenta en la página siguiente.
1933Conferencia 32. Freud resume la nueva teoría para el gran público y vuelve a usar a Hans como ejemplo.

1926: el caballo cambia de sentido

Diecisiete años después de publicado el caso, en Inhibición, síntoma y angustia, Freud vuelve a sentarse frente a Hans y lo lee de nuevo, esta vez para desarmar su propia teoría de la angustia.

Primero se pregunta qué es el síntoma. No es el miedo, dice, sino la sustitución del padre por el caballo. Hans está en conflicto de ambivalencia: ama al padre y lo odia. Ese conflicto no se resuelve; se desplaza. El impulso hostil hacia el padre es reprimido, y en su lugar aparece un animal. La ventaja es enorme: al padre hay que verlo todos los días, mientras que al caballo basta con evitarlo. Así la fobia transforma un peligro interior, el propio impulso, en uno exterior del que se puede huir.

Después se pregunta qué teme Hans. Ser mordido por un caballo. Y ser mordido, para Freud ahora, ocupa el lugar de otra idea: ser castrado por el padre. La angustia de Hans es angustia de castración; un miedo ante un peligro que el niño juzga real, puesto que alguna vez lo amenazaron.

De ahí la vuelta completa. Si lo que Hans teme es la castración, la angustia no es el resultado de la represión sino su motor. El niño reprime el odio al padre porque tiene miedo; no tiene miedo porque reprimió.

Es la angustia la que produce la represión, y no, como se creía antes, la represión la que produce la angustia.

Freud no esconde la incomodidad. Reconoce que en 1909 había leído la angustia del niño como libido transformada, y que ahora tiene que abandonar esa explicación para las fobias. Conserva, eso sí, una duda: quizás en las neurosis «actuales» que describió en 1895 algo de la vieja transformación siga siendo válido.

Capítulo XIXDos lecturas del mismo caballo

Puestas una al lado de la otra, las dos lecturas muestran cuánto se movió el pensamiento de Freud sin que el material del caso cambiara una coma.

1909 · El caso
1926 · La revisión
Qué es la angustia. Libido reprimida que no puede volver a ser libido y se libera como angustia.
Qué es la angustia. Una reacción del yo ante un peligro; una señal que pone en marcha la defensa.
Qué viene primero. La represión de la ternura hacia la madre; después, la angustia.
Qué viene primero. La angustia de castración; después, y a causa de ella, la represión.
Qué se reprime. El deseo tierno y sensual hacia la madre y los impulsos agresivos: hostil hacia el padre, sádico hacia la madre.
Qué se reprime. Ante todo, el impulso hostil hacia el padre, por miedo a su castigo.
Qué es el caballo. Un nudo sobredeterminado: el padre, la madre que pare, el Lumpf, Fritzl, el propio Hans.
Qué es el caballo. Sobre todo, el padre desplazado: un rival que se puede evitar.
Qué significa el mordisco. Venía de la advertencia a Lizzi, ligada a la masturbación y al deseo de que el padre se fuera.
Qué significa el mordisco. Ocupa el lugar de la castración.
Nombre del cuadro. Histeria de angustia.
Nombre del cuadro. Fobia: angustia de castración del yo, desplazada sobre un objeto exterior.
Qué cura el análisis. Reemplaza la represión automática por el juicio adverso.
Qué cura el análisis. Permite al yo, menos asustado, tramitar de otro modo el conflicto que la señal de angustia anunciaba.

Muchos lectores posteriores han discutido el caso. Se ha señalado lo mucho que el padre preguntaba, lo poco que se sabe del lado materno y de la historia familiar, y que la lectura edípica deja fuera otras explicaciones posibles para el miedo a un caballo que cae en una ciudad llena de caballos. Esas discusiones tienen su lugar. Lo que este librito quiso mostrar es otra cosa: que en sus páginas se ve a Freud pensar, y que el mismo material le sirvió, a lo largo de veinte años, para corregirse.

EpílogoEl joven de diecinueve años

En la primavera de 1922 un joven se presentó ante Freud diciendo que era el pequeño Hans. Freud se alegró mucho: lo había perdido de vista dos años después del análisis y llevaba más de diez sin noticias suyas.

La publicación del caso había provocado escándalo. Se había profetizado al niño una gran desgracia por haberle robado la inocencia a edad tan tierna. Nada de eso se cumplió. El muchacho, de diecinueve años, se declaraba completamente bien, sin males ni inhibiciones. Había pasado la pubertad sin daño y había resistido una prueba dura: los padres se habían divorciado y cada uno había vuelto a casarse. Vivía solo, en buenos términos con ambos, y lamentaba únicamente que la separación lo hubiera alejado de su querida hermana.

Le contó a Freud algo que este no supo explicar. Al leer su propio historial, todo le pareció ajeno; no se reconoció ni recordó nada. Solo al llegar al viaje a Gmunden tuvo algo así como un relámpago de recuerdo de que podía tratarse de él.

Herbert Graf se dedicó a la ópera. Fue director de escena durante muchos años en el Metropolitan de Nueva York y después dirigió teatros líricos en Zúrich y en Ginebra, donde murió en 1973. Su padre contó, en unas memorias de 1942, que para el tercer cumpleaños del niño Freud le había llevado de regalo un caballito de juguete, y que lo subió él mismo por las escaleras.

Así termina la historia: un caballo de juguete al principio, un caballo de diligencia que cae en una calle de Viena en el medio, y al final un joven que no recuerda nada y que, sin embargo, está bien. Freud habría dicho que todo saber es un fragmento. Este librito también lo es.

Colofón

Compuesto a partir de «Análisis de la fobia de un niño de cinco años» (1909) y de su «Apéndice» (1922), según el tomo X de las Obras completas de Sigmund Freud. Las citas son paráfrasis; para el texto completo, véase la edición original.

Tipografía: Old Standard, de la familia de los romanos «modernos» de fines del siglo XIX; las glosas, en Courier, como a máquina.

Ende